No me atreví a mirar atrás, allí, donde había caminos, engranes, rompecabezas medio hechos, una alarma a las seis de la mañana y retratos conocidos. Sólo pude ver el vacío.

Tirarse al vacío desmorona y asusta, pues una neblina negra rodea el mundo. Poco se puede ver, algunas veces, ni siquiera el próximo día se puede distinguir. En esa oscuridad, olvidamos dónde estamos: ¿caemos o volamos? Escuchamos anhelos, susurros y gritos, miedos ajenos que se volvieron aullidos: ¿por qué ahora, justo en la penumbra de nuestro tiempo? La desesperación crece y enloquecidos buscamos manos, recuerdos, ramas o promesas; después de mucho tiempo, perdonamos, deseando encontrar sobrevivientes o amantes del vacío.

El vacío destruye y cura. En esta sombra, quizá habitan las pesadillas o lo maravilloso, todo insólito.

Descubrirse pájaro o estrellarse. Volverse estrella fugaz o un árbol. Mirar hacía los dos lados de la calle o probar el otro lado de la cama. Pero nunca se vuelve al mismo lugar.

Tirarse al vacío tiene su encanto.

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