A veces aparecen los asteriscos matutinos, esas pinceladas de felicidad clandestina que llegan antes que la tormenta de arena.
Poco antes de salir de casa, tras lograr dejar atrás la nostalgia por el colchón, me prepararon un café para el camino sin ninguna razón. El aroma, poco a poco, lo invadió todo: el coche, la mañana, la memoria y las angustias.
Mientras leía sobre una mujer que sueña con dragones, vi tres pájaros pequeños en el árbol que cuida las sombras. Daban sus primeros vuelos. Volvía la vida.
Improvisé una cama y dejé que las hojas se volvieran nubes. El cielo era verde.
Escuché la música de la tormenta y bajé a comenzar el día. Aún llevaba el aroma del café conmigo.
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