Un camino de nieve me llevó a la ciudad que soñaba. Era un día frío, aunque el Sol intentaba bailar. Entré a una telaraña de maletas, carritos, pasaportes y trenes. Me senté un momento en el vagón a tratar de entender que lo había logrado; junto a mí, un hombre veía una película en su iPad, del otro lado, una chica con un abrigo bebía un café. Logré salir del metro con la ayuda de un chico que siempre ha vivido en ese ciudad y aún teme perderse en ella. Los edificios me deslumbraron, eran monstruos: grandes, majestuosos y llenos de ojos. Alcancé a ver la esquina que brilla a unas cuantas cuadras y comencé a sentirme en otra historia. Cada esquina me parecía conocida (la magia del cine y los libros). Pasé una tarde de comida italiana, la embajada del ratón, la juguetería con la rueda de la fortuna, las escaleras rojas y la tienda departamental, dicen, más grande del mundo (qué habría dicho Violetta). El jueves encontré mi lugar en el mundo, un museo de arte moderno donde vi un cielo estrellado, conocí a Marilyn Monroe y jugué Tetris. Ese día escuché la voz de Elsa (y Elphaba) contarme un cuento sobre una mujer en Nueva York. Al siguiente día, visité un laberinto (nombrado museo) con cuadros de viejos amigos, espejos de brujas, historias antiguas y colores. La noche acabó en la felicidad: una librería de la Quinta Avenida. El sábado, bajo la promesa de una lluvia y una gran aventura, encontré a una amiga; visitamos una corona, viajamos en barco, susurramos secretos en una estación, vimos nacer a la Malvada Bruja del Oeste y cantamos Dancing Queen en una cafetería. Tras unas cuantas horas de sueño, desayuné un pastel de queso, caminé por todos los números y un gran parque. El 31 de marzo, llegaron los veintiséis visitando museos, comiendo una hamburguesa idílica y subiendo a un rascacielos a mirar el atardecer con mi hermana, quien años atrás me había prometido celebrar un cumpleaños en esa ciudad. El martes, tuve una última gran caminata y tomé el camino de vuelta, esta vez sin nieve.
Regresaré.






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