El domingo había terminado. Él había creado un nudo entre sus piernas, las cobijas y sus ansias, casi un laberinto; dormía al compás de sueños con melodía de una tormenta, casi pesadillas. Despertó angustiado minutos antes de las dos, todo era oscuridad, casi tinieblas. Mientras sus ojos se acostumbraban al juego de sombras con la poca luz, sintió un dolor en el pecho que se extendió hasta su cabello. Cayó de la cama, junto al buró con el cajón vacío (uno de los últimos que le quedaban). Casi no podía respirar, se asfixiaba. Reunió fuerzas y tomó todo lo que pudo: libros, fotografías, juguetes, fantasías, cartas, fantasmas; parecía que la habitación y el mundo se desmoronaban: madera quemándose, vidrios rompiéndose, pequeños lamentos y dulces cayendo. Su cuerpo se negaba al aire, agonizaba. Gritó e intentó correr al dolor de sus pulmones. Creyó haber visto a un animal alado salir de su garganta. Cerró el cajón, casi no podía respirar, se asfixiaba.
Poco antes de las seis, un tambor lo despertó, no recordaba su regreso a la cama. Imaginó que todo había sido un sueño. Tomó una ducha, una camisa blanca y los pantalones negros (aún le quedaban). Estaba por acabar el ritual, mas al anudar su corbata terminó de asfixiarse. Duró un instante. Menos que un respiro.
Y su día continuó.
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