Llevaba unas cuantas páginas de Fortunately, the Milk (Neil Gaiman) cuando comencé a recordar las historias que me contaba mi mamá cada tarde tras jugar en el parque. Eran relatos cortos que volvían las acciones más simples en viajes extraordinarios: sandías que se escondían para no llegar al frutero; mujeres hechas de plantas que cerraban los caminos a casa; reuniones con brujas del mar, quienes terminaban tarareando canciones sobre puertas; tormentas que traía un caballo cuando escuchaba a los niños pelear; una fábrica que regalaba juguetes por una huelga de duendes y obreros; y muchas más aventuras, muchas más.
Hay que leer Fortunately, the Milk, las aventuras de un papá al ir a comprar leche, para recordar las historias que nos contaban los grandes e imaginar qué le diremos a los que vienen antes del café de la mañana.
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