Casi era media noche, había sido un día largo y el sueño rugía, pidiendo su turno. Poco antes de que mis párpados terminaran de rendirse, dejé correr una canción que apareció en el último recorrido por la gran telaraña. Una melodía melancólica y oscura invadió la habitación, ahuyentando a las bestias oníricas que traen el descanso, las maravillas y las pesadillas. Conocía aquellas notas, incluso recordaba las palabras, pero algo era distinto. Seguía siendo un cuento de hadas, pero esta vez, era una oscura: el cuento de un hada oscura.
No podía moverme. Viajaba al pasado, al nunca será, a la oscuridad, a la felicidad, a la nostalgia, al miedo. Vi a las sombras hacer reverencias a la canción. La letra escapaba de mi boca, era un baile conocido, antiguo. Volví una y otra vez a la canción. Encontré espinas, fuego verde y un dragón.
El encantamiento de la aguja llegó y logré dormir unas cuantas horas. No recuerdo haber visto nada. Todo era oscuro, como el hada.

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