Sólo esperábamos la carta de postres y una bebida caliente: llegaba el final de la cena. Minutos después, tras despedir la tarde (con un poquito de noche) mirando el Museo Soumaya, un aroma dulce que escapaba de una tetera invadió la mesa. Serví en la taza el té, tenía el tiempo, el color y el sabor precisos. Encerré el olor un instante: un baile entre el té de fresa y kiwi con mis labios. Comenzó una fiesta de recuerdos y anhelos. El aroma de la primavera junto a mi abuela y el calor de un abrazo que todavía no pasa. Mis labios se quemaron un momento y un sabor exquisito invadió mi boca, mi garganta, mi memoria y la imaginación. Cerré los ojos y dejé que el mundo fuera un lugar mejor.
Esta historia puede acompañarse con un panqué de plátano y un pastel de tres leches con cajeta (muchísima cajeta) en Carolo, un restaurante en Plaza Carso y en otros lugares de la ciudad.
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