Atraparon al pájaro un jueves de verano. No hubo muchas artimañas, sólo la promesa de granos y lecciones de vuelvo, aunque, quizá, eso lo imaginó. La jaula le parecía pequeña los primeros días, sólo pasaba la mañana en ella, pues nadie había cerrado la puerta. Sin embargo, en el rumor del invierno, se acostumbró a su cárcel privada y él mismo selló la entrada.
En los primeros días de primavera, sentía los barrotes asfixiándolo, dándole a sus alas el olvido. Eran días calurosos y amargos. Soñaba con otro lugar, ser exhibido en el circo del pueblo o las nubes, y no sólo ante la nada.
Despertó una noche con el tintineo de la lluvia y cascabeles. Veía muros blancos, pero imaginó que, detrás de ellos, un mundo aparecía, tal vez llegaba una feria o, volvían otros pájaros del campo. Su imaginación voló y sintió el sabor del universo en su pico. Saldría y dejaría que sus alas volvieran a danzar.
Sólo tenía que recordar cómo abrir la jaula.
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