Llevábamos varias semanas sintiendo el mediodía de un desierto en el cuerpo. Yo intentaba tener más encuentros con el agua fría y el aire acondicionado. Mi gata apenas se despegaba del piso. Esta mañana aproveché la tranquilidad que ofrecen las nubes y los edificios altos para salir. Aunque las sombras no lograban calmar del todo al fuego. El suelo ardía. Bajé del coche buscando el consuelo del aire fresco que hay en la oficina cuando no ha llegado nadie. Justo al abrir la puerta, una camioneta cubierta de hojas arrancó. Su velocidad trajo una lluvia de hojas: el comienzo del otoño. Lo alenté un poco recordando un viejo romance y un sueño. El otoño llegó a la ciudad por unos segundos. Era frío y nostálgico, aunque un tanto verde. Poco a poco, las llamas regresaron y acabaron con el bosque, pero quedó la promesa del invierno.
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