Entré a la calle con nombre de flor. La vida comenzaba a ser tranquila, la ciudad se quedaba atrás. Bicicletas, bolsas de pan, canastas de tacos y cartulinas blancas. Estaba cerca de casa. Me detuve en una esquina y encontré un aquelarre: una viejecilla, una mujer y una niña sentadas junto a su puerta. Parecían un viaje en el tiempo. Tres personas trazadas con el mismo pincel y la misma tinta. Podías hallar algo de cada una en el rostro de las otras. El asombro, la fuerza, el conocimiento. La mujer entregó a la niña un libro. Era pequeño. La niña comenzó a leer. Tras cada palabra, asentía, asegurándose a sí misma que lo había hecho bien. La madre vigilaba todas las letras como águila. La viejecita sonreía y repetía algunas oraciones. Eran tres brujas alrededor de su caldero. Escondidas de su cueva y de quien sea que las atormenté en ella. Aprendían y compartían, mostrándole una nueva puerta y su legado a la más pequeña.
Todavía se hace brujería en las calles.
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