Encontré asteriscos que detienen la tormenta y te llevan a una alegría instantanea y dimunta en la orilla de la página. Esos detalles. Justo esta mañana, en medio de un desierto que no habla.
Todo era comerciales en el camino. No había nada más que semáforos en rojo. Hasta que, sin querer, llegué a un poco de ópera. El mundo podría terminar, pero adentro del dragón todo era calma. Una voz desconocida y algunos instrumentos trajeron embrujos a las calles. Me gustó cada luz roja, cada enredo, cada persona intentando llegar antes que yo.
Acabé un libro muy temprano.
Quince pasos antes de llegar a la oficina, un capuchino. Sus aromas me congelaron unos segundos. El café, la leche, la canela, el cariño. A cada paso, un sorbo pequeño. Era calor en un vaso. Imaginé que era el sabor del sol. Me gustó esa cuadra tan larga llena de jacarandas. La calle era morada.
Abracé los recuerdos de esos asteriscos y toqué el timbre. El día, la tormenta y el desierto comenzarían. Pero nadie abrió la puerta, así que pude dar un sorbo más a mi café.
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