Era una tarde cualquiera. Caminábamos en el parque. Lo hacíamos desde hace mucho tiempo. Alguien había barrido las hojas. El otoño comenzaba a dormirse. En unas horas celebraríamos otro solsticio de invierno. Prepararíamos chocolate caliente y esperaríamos el abrazo de la nieve. Miré su mano en la mía y me asusté. Todo me pareció aburrido. Cuándo envejecimos. Dónde quedó la aventura. Sólo quería una más. Sentí que caería. No podía gritar, así que en un intento desesperado mis ojos buscaron auxilio atrás. Y allí estaban ellas: nuestras huellas. Eran muy claras en aquel suelo seco. Las suyas venían de un lado y las mías del bosque. Al juntarse, sin pensarlo, habían comenzado a bailar. Nuestro primer rayo de Sol juntos, nuestra casa, nuestro dragón, nuestro viaje en un día lluvioso, nuestras noches en la biblioteca de abajo, nuestra cama. Nuestras huellas nunca pararon el baile. Se encontraban cada día, aún estando lejos. No mintió: pensaba en mí estando del otro lado del mundo. No caí. Su mano me sostenía sin saberlo. Le pedí en silencio mi última aventura. Cerré los ojos y allí estaba: su boca y un beso. Nuestro último beso. Y entonces, pude morir.
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