Algo me despertó, un sonido, un murmullo. Algo en mi cuerpo. Distinto. Hervía. Pensé en el fin del mundo y me aterré, entonces descubrí que aquel eco era cálido. Caminaba en mis dedos, en mi boca y en mis piernas. Lo era todo: la vida misma. Y ocurrió, escuché mi sangre. Vestía mi cuerpo. Se llevaba el mundo y traía el universo. Paseaba en mí todo cuanto existía. Se llevaba el universo y traía el mundo. Debía estar soñando, pero escuchaba mi sangre, la realidad. Busqué la razón. Pensé que enloquecía al no encontrar nada. Pero algo me regresó. Me envolvía. Era su abrazo que hervía mi sangre, el abrazo de la eternidad.

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