Estaba cansado. El día en la oficina había sido largo. Las manecillas se llenaron de plomo, negándose a llegar a las seis. Dudó todo cuanto existía, pero nunca dejó de cortar, de escribir, de contar. Sus ojos intentaban llevarlo a otro lugar en todo momento. Ni sus monstruos se atrevieron a hablar por miedo a toparse con el tedio. Apenas podía caminar, sus agujetas se habían vuelto serpientes durante el día. A las seis en punto, salió tropezándose, exhausto, casi invisible. Comenzaba a caer y a aclamar el suelo cuando sintió que algo lo sostenía. Era cálido y enorme. Sus párpados se negaron a abrirse. No había nada, sólo el viento soplando, llevándose y regresando su cabello, su bufanda, su propio nombre. Escuchaba susurros.

Volaba sobre un dragón.

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