Él era un terrible monstruo. Eso decía la gente y así se sentía él. Era grande, peludo y escupía fuego. Cierto día, cansado de las burlas y los gritos de horror, decidió entrar al colegio para curarse. Se imaginó como el resto y esa misma noche se soñó pequeño, tan diminuto que nadie lo miraba. En el camión de la escuela, no encontró otros como él.
Mordía sus garras (y más tarde el pupitre) esperando a que sonara la campana y comenzara la magia. No sabía en qué clase aprendería a dejar de ser un terrible monstruo. Tras un escritorio lleno de manzanas rojas, apareció la maestra y la mañana interminable comenzó. Todo le parecía fantástico, pero su enfermedad no desaparecía. Los números no le hicieron ni cosquillas. Los deportes lo hicieron sentir más grande y, por ello, más monstruoso. Pensó que el tambor que tenía en el pecho cuando había música lo curaría, pero no fue así. Seguía siendo un terrible monstruo.
Cuando todo parecía perdido, la maestra apareció y sin saber cómo pasaba, poco a poco, algunos dibujos comenzaron a tener un nombre y un sonido. Él estaba aprendiendo a leer. Sentía llamas en sus ojos al ver las palabras. Primero leía todos los letreros y más tarde, en un día lluvioso, llegó a los libros. Sin darse cuenta, pasaba todas las tardes en ellos: en otros lugares.
Descubrió que su enfermedad disminuía día con día. Seguía siendo grande, peludo y escupiendo fuego. Pero algo le parecía distinto. Ya no era terrible, sólo era un monstruo. Encontró a otros como él, aunque seguían siendo distintos. Y eso le gustó.
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