Llegué a la estación poco antes de las ocho y media. Tuve tiempo de caminar más lento y pude subir las escaleras con calma. Me quité los audífonos y escuché la música de la calle. Lleve su desayuno; apúrate, hijo; El Gráfico, El Gráfico; perdón; a peso, a peso. Era un auténtico concierto. Y el coro me destruyó. Me detuve unos segundos en el puesto de periódicos y un señor, con una voz llena de nostalgia, preguntó: ¿quiere o quiso?
No lo sé, le respondí en un susurro que comenzó como un grito. Él sólo me sonrió.
El coro sigue en mi cabeza. No sé si quiero, o quise.
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