Ando en la terrible y, hasta ahora, infinita búsqueda del primer trabajo. Tras algunos meses de tranquilidad por decisión propia y deudas con el tiempo, estoy en la orilla del mundo laboral que, dicen, es un océano de pirañas. Siento el aliento pesado de mi alrededor, sin malas intenciones, en la espalda: Corre, regresa a la normalidad. Estar en calma es salirse del camino y eso es tomado como un fracaso. De vez en cuando me miran como si hubiera dejado de respirar por no estudiar, ni trabajar. En mi pastel de cumpleaños (ya con veinticuatro velitas) me desearon trabajo como si la felicidad viniera con él. Durante este tiempo, he hecho cosas que me parecen la vida y la alegría (leer, sonreír, mirar, viajar, tomar fotografías, jugar, aprender, lamentar y más), así que estoy tranquilo con ello.
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