Va una mujer con su vestido de novia en el microbús. Regresa, en realidad. Se arrepintió a unos cuantos pasos. Todos miran el ramo, esas flores muertas son semillas para el sueño. Hay quien quiere robarlo, pero sabe que aquello borraría el embrujo de la buena fortuna. Ella está avergonzada, pues, con el vestido, ocupa dos asientos y mucha gente va de pie. Sólo eso la sonroja: este disfraz tan estorboso. Bajan, dice. Se levanta como puede. Bajan, grita. Los invitados al microbús aclaman el ramo, pero ella no le desea mal a nadie. Baila sola en la banqueta de camino a su casa: el vestido costó demasiado caro como para desaprovecharlo. No pierde el tiempo, esa misma noche comienza otro romance, esta vez con la sopa instantánea para uno.
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