Tras descubrir las mentiras, supuse que las tinieblas no guardaban nada malo.
He apagado la última vela para correr el riesgo de las tinieblas. Imito en voz baja el canto de un pájaro intentando saber quién anda ahí, espantar, quizá, con la promesa de la mañana. Pero nadie responde. Camino descalzo sobre la oscuridad por primera vez. Mis pasos desconfiados se vuelven una danza cuando descubro que no hay escorpiones en el suelo. No encuentro a mis miedos. Mi cuerpo se llena de cosquillas y malas palabras. Me dejo llevar por ellas un rato. Espero a las culebras, pero nada sale de mi boca. Sonrío. Podría quedarme en las tinieblas para siempre.
Y en ellas me quedo hasta que descubro que en las tinieblas nada me aguarda. Llego a la nada.
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