Estoy en calma. Aquello asusta incluso a las bestias. La gente me teme, la tranquilidad es para los muertos y los árboles. Eso enseñan. Todo se mueve rápido, casi se extingue el anhelo y los calmados parecemos muros. Intentan derribarme, darme un empujón que me impulse a seguir, a caer, pero incluso se puede besar el suelo con calma. Escucho gritos sólo por esperar a que se seque la tinta, aunque ya no exista. Siempre hay tiempo, no todas las sopas deben ser instantáneas. Ya casi ni quedan mesas para la tranquilidad, pues ella sólo debe ser entregada a los viejos y en el más allá. Sin embargo, la juventud también puede ser aullidos y calma. De vez en cuando hay que volver a esperar. A mirar.

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