Lo conocía, pero no sabía cómo llamarlo.

Era un extraño a simple vista en aquel vagón casi vacío, sin embargo, al poco rato, supe que tenía que recordarlo de algún lado.

La noche del sábado que se extinguía trajo un tren con poca gente. Había sido una tarde lluviosa, así que el metro tenía que ir más despacio. Subí al vagón y busqué un lugar cómodo: junto a una ventanilla abierta, lejos del aire acondicionado, a la derecha y con buena luz. Encontré esa maravilla y, sin luchar con nadie, logré quedármela. Tomé mi libro y mientras buscaba rutas de escape en posibles accidentes, noté al joven que viajaba frente a mí, pero seguí mi recorrido, pues sólo era un extraño y yo tenía que encontrar puntos de vacío a los que mirar en caso de ser necesario.

Tras intentar descifrar las letras que estaban pintadas en una ventanilla, pensé en el joven que viajaba frente a mí. Era un extraño a simple vista en aquel vagón casi vacío, sin embargo, al poco rato, supe que tenía que recordarlo de algún lado. Justo en ese momento, las puertas se abrieron, pocas personas subieron y supe que tendría que descubrir quién era aquel extraño rápidamente, pues, a pesar de que mi destino aún estaba lejos, el suyo podría ser la siguiente estación.

Comencé a recordar nombres y lugares cotidianos. Poco a poco se fueron terminando. Pasé a un improvisado viaje en el tiempo: recorrí mi historia y aún nada. De vez en cuando, me escondía tras mi libro y cambiaba de página para no levantar sospechas. Las estaciones seguían pasando, pero la lluvia de la tarde me daba más minutos. Sentía a la curiosidad devorando a mis gatos interiores. Pensé que se trataba del conocido de un conocido. Quizá alguien me habló de él. Busqué sus ojos, pues siempre me dicen cómo son los ojos de las personas. Lo encontré leyendo las letras pintadas en la ventanilla. Las letras. Claro. A lo mejor venía de un cuento.

Al pasar varias historias, supe que no podría traerlas todas a ese vagón para saber quién era, así que intenté calmarme, pero mis gatos seguían maullando en mi estómago. A punto de rendirme, decidí buscar su reflejo en alguna ventanilla, queriendo no encontrarlo y así saber que se trataba de un demonio, pero allí estaba su reflejo: aguardando, quieto como su dueño. Al poco rato, el cuerpo del joven se rompió y los fragmentos de las historias, los nombres y todo el viaje en mi memoria intentaron embonar con ellos. El vagón se volvió un rompecabezas andante. Nada coincidía y en cada intento escuchaba truenos y maullidos de felinos salvajes. Estaba en el infinito cuando una voz me trajo de vuelta diciéndome «hasta aquí llega el metro, joven». No vi al extraño.

Recordé que no había bajado en la última estación, pues me dije que compartíamos el destino. Cuando descubrí que el extraño no estaba por ningún lado, intenté aferrarme a mi libro, pero él tampoco estaba.

Lo conocía, pero no supe cómo llamarlo.

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