La poesía comenzó cuando me perdí.

Andaba perdido cuando un letrero me dijo que estaba en Nueva York. Derecho llegaba a donde quería ir, así que seguí aquel camino amarillo improvisado. Sin embargo, unos cuantos pasos después, frente a un bosque lleno de resbaladillas, mi dragón comenzó a sacar humo y la noche se volvió larga. Aquella neblina caliente contó historias sobre viejas heridas y entretuvo a quienes paseaban a sus perros. Abrí la boca de mi dragón y encontré un laberinto. Aterrado, al ver ríos desbordándose, pedí ayuda y mientras esperaba, una mujer cantó historias de caminos, amor y tiempo. Intenté encontrar al mal, pero sólo llené de polvo mi camisa. Lloré en la banqueta por el destino al que nunca llegaría. Todo estaba perdido, pero, al menos, me llevarían a casa.

Y aquí voy, viendo cómo una grúa pasea a mi coche por Insurgentes.

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