Llegó al laberinto de árboles y cables en un día de enamorados. Nadie sabe quién lo dejó volar. A veces, él recuerda que escapó de las manos de una doncella amorosa, aunque, de vez en cuando, una pequeña princesa aparece en su memoria. Escucha las historias de los pájaros: calles encantadas, monstruos metálicos y hombres sin ojos. Sueña con aquellos cuentos y con el estofado de las aves: el cielo, la libertad.
Su hilo se enredó en los viejos cables, dándole raíces y, así, volviéndolo un árbol seco, sin pasado. Su cuerpo rosa quedó atrapado entre ramas, creando un cautiverio natural, haciéndole sentir un canario en una jaula. Perdió el helio, su único órgano real, mucho tiempo atrás. Tiene sueños e historias, sin embargo, aquello no basta para volar.
El globo rosa pierde toda esperanza cuando anochece. Jamás conocerá la libertad. Un faro medio doblado, su amigo más lejano, le devuelve sus ilusiones, contándole sobre una lluvia y un viento que hacen que las vacas y las casas vuelen. Se recupera poco a poco. A la mañana siguiente, recuerda que, de vez en cuando, los árboles se elevan y que ninguna cárcel es para siempre.
A veces parece que el globo rosa está a punto de escapar.
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