Durante el invierno, la señora encontró un colibrí lastimado, aún joven, en su jardín. Llevo al ave a la única jaula que tenía a la mano: su pecho. De él, cayó un corazón arrugado, pero parecía como si se hubiese derrumbado un bosque. En aquella cárcel vacía, sin ningún ruido, el colibrí sanó poco a poco. El ave recuperaba sus plumas mientras soñaba con flores y miel. Tras los últimos días fríos, un rumor recorrió todo el cuerpo de la mujer: un latido había sido sembrado en su pecho.
En la primavera, el colibrí revoloteaba en su jaula, escapando de vez en cuando a los ojos, a los labios y a las manos de la señora, convirtiéndola en una niña enamoradiza. Volvía a crecer un bosque en la señora con el colibrí en el pecho.
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