En la silla, platico con mis monstruos y acomodo las ideas, lo que más tarde se convierte en una toma de decisiones. Asisto a un juicio, a veces como acusado, otras como verdugo; o juego una extraña combinación entre ambos papeles.
Pienso en números, angustias, castigos y uno que otro remedio simple, casi predecible. Quizá porque, de pequeño, eché raíces en los asientos: largos caminos, horas y horas en la escuela y estudios interminables. Me acostumbré a estar sentado.
Quedarme en un banco me permite hacer un hueco y escuchar a otros: conversar. Voy hilando palabras, ideas y críticas. Es más fácil mirar los ojos ajenos estando sentado, tal vez porque hay un poco más de orden y responsabilidades en la cabeza. Descubro, pero, sobre todo, describo: colores, tamaños, formas y ritmos. Podría dar un consejo inmediato, aunque poco trascendente.
Bien sentado, elijo mi futuro, juzgo los días pasados y hago mucho del hoy. A veces escapo, al pintar, al leer, al escribir; el mundo se llena de fantasías al pararme y caminar.
De pie, suelo imaginar otros mundos, pues estiro algunas cadenas que terminan volviéndose flexibles o rompiéndose. Encuentro soluciones y espejos en lo desconocido. Me miro más fácil en un árbol. Quizá estar lejos de la silla (un juicio inminente) me lleva a pensar en otras posibilidades: abre el infinito para ser explorado, puedo inventar objetos y calumnias.
Me levanto para repasar aquello que olvido con facilidad. Unos cuantos pasos me llevan a recordar fechas y nombres. El movimiento me deja ver el mundo desde varios rincones: conocer el gris.
Al pararme, todo son sueños, cantos y tristezas, pero debo volver a la silla para que todo cobre sentido.
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