A las seis de la mañana subimos al camión, la gran aventura de cada día. El viaje es una ensalada de manos y preocupaciones preparada a presión, ya que no hay tiempo, ni lugares. Emigramos de pie. Compartimos la odisea de anhelar el sur estando en el norte a hora pico. No conocemos nuestros nombres, pero no somos extraños, pues llevamos toda una vida aferrándonos al mismo tubo.
Dejamos que nuestras muñecas hablen mientras cuidamos los bolsos, el espacio y los pensamientos. Descubrimos los mundos ajenos en un diálogo entre pulseras, relojes, vellos y cicatrices. La plática es una fiesta con nuestras reliquias. Miramos de vez en cuando a los otros, deseando un roce de dedos que acabe con el frío del metal y el silencio.
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