Shizuku, junto a un gato con frac y sombrero, le confiesa al abuelito de Seiji que quiere ser escritora (Mimi wo sumaseba, 1995). La historia de esta niña japonesa es compartida por soñadores de todo el mundo que han querido viajar de los libros a las hojas en blanco: hacer una fiesta con su propia imaginación, arrastrando un lápiz, recordando, buscando palabras y volando. Los escritores están en todos lados, algunos en librerías y otros tantos escondidos.
Yo soy un escritor clandestino más. Dejaba letras detrás de los pizarrones y en servilletas, no quería ser leído desde que una urraca, disfrazada de maestra, tachoneó mi cuento sobre una niña y su árbol. Encerré a las fantasías, aunque ellas encontraban un poco de libertad para florecer en aquella jaula.
Más tarde (mucho más tarde), una cámara réflex llamada Ekdahl (en honor a Fanny och Alexander de Ingmar Bergman) trazó algunas grietas que dejaron que un dragón saliera a tejer historias otra vez. Compartí palabras en tinta con profesores y desconocidos, prometiéndome que, algún día, volvería a casa acompañado de un libro con mi nombre. Quizá una vez, tal vez para siempre.
Quiero escribir. Poco a poco.
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