Margarita es una superheroína. La mañana comienza en una ducha rápida, un cuerpo regordete, varios gritos y un traje sastre viejo, aunque no descosido. Viaja en metro, 45 minutos de empujones, gritos, discos piratas y ningún asiento. Deja a su hijo, se quiebra sin descomponerse. A pie el resto del camino, cinco pesos ahorrados para la lavadora, una emergencia vestida de sueño. Llega al edificio de burocracia, caras cansadas y pavos en diciembre. Escribe un mundo entero con una pequeña calculadora y un lápiz, y al archivo. Se queda, hace tiempo que no le pagan, ni le regresan: la sonrisa de su chamaco. Corre a casa de la mamá, la tía y la comadre. Palabras cortas sobre la escuela, la colonia y la telenovela. Lleva una mochila en el hombro izquierdo y el cansancio en el otro, quiere ver a su hijo danzar historias de balones y monstruos. Pierde los ojos en tareas, las manos en los pisos y los cabellos en las cuentas. A la cena la acompaña con fantasías que van de la caja mágica a su cabeza: su ratito a solas. Duerme, vuelve al cuento de nunca acabar.
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