El escritor de la caja andaba medio ausente. El soñador salió a conocer Londres y, de paso, a comerse una que otra nube. Guardó palabras varios meses, quizá como un hechizo, sin querer, para la buena fortuna en el viaje. Anda buscando trabajo a paso de caracol. El final de Harry Potter le pareció una gelatina que no cuajó. Lee un libro de Virgina Woolf y otros tesoros que trajo de una librería de cinco pisos. Quiere encontrar pinceles, pues el mundo se le volvió un gran lienzo blanco.
Aquí, y allá, está, una vez más.
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