Ser brujo es un duro trabajo. El brujo debe aprender sobre hierbas y luchar contra aquellas palabras antiguas que dicen que la brujería es cosa de mujeres. Los cuentos y las hogueras están llenos de brujas, el hombre debe mirar las escobas y los calderos desde lejitos mientras ellas siembran el terror –y otras mañas de la hechicería– en el mar, los bosques y las cosechas. El brujo que enamora y aniquila con palabras es llamado poeta, pues no tiene tentáculos ni piel verde. Él quiere escapar del fuego y leer las hojas de té, practicar sus artes oscuras, pero el pueblo sólo espera verlo sacar un conejo de su sombrero.
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